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21 de Marzo, Día Mundial de la Poesía

“Caminante, son tus huellas el camino, y nada más; caminante, no hay camino, se hace camino al andar.” — Antonio Machado Hoy, en el Día Mundial de la Poesía, no puedo evitar pensar que viajar en furgo tiene algo de poesía. Porque la poesía, como el camino, tampoco se explica del todo. Se siente. La poesía no necesita grandes palabras. Necesita verdad. Y quizá por eso sigue siendo importante. Porque en un mundo que corre, que consume rápido y olvida aún más rápido, la poesía nos obliga a parar. A mirar. A sentir. A recordar. Viajar así —sin rumbo fijo, sin más objetivo que el propio camino— es también una forma de escribir. No con tinta, sino con experiencias. No en papel, sino en la memoria. Cada curva es un verso. Cada parada, una estrofa. Cada lugar, una palabra que se queda. Y aunque hoy la información esté al alcance de todos, aunque todo parezca ya contado, la poesía sigue teniendo un lugar que nadie puede ocupar. Porque nadie siente igual. Porque nadie mira igual. Porque nadie es...

Un trozo de campo viajando en el salpicadero


A veces la furgo no solo nos lleva por los caminos.
A veces el camino se sube con nosotros.
Ese día no recogimos souvenirs.
Recogimos romero.
Recogimos tomillo.
Recogimos el olor de la tierra húmeda después de la lluvia.
Las ramas descansan sobre el salpicadero como si también necesitaran viajar un rato. Aún llevan polvo del camino, aún conservan ese verde que no es perfecto, pero es real.
Detrás, una pista de tierra, un cruce sin prisa, una señal roja que parece decir “para”… pero nosotros sabemos que es justo lo contrario: sigue.
Dentro de la furgo siempre pasan cosas pequeñas que nadie ve:
Hierbas recién cortadas que perfuman todo el habitáculo.
Ramitas que crujen con cada curva.
El campo entrando sin pedir permiso.
No es solo una imagen de carretera.
Es la mezcla perfecta entre movimiento y raíz.
Mientras avanzamos por ese camino rural, llevamos encima algo que no se compra en ninguna tienda: el aroma del lugar. Y durante kilómetros la furgo huele a monte, a silencio, a libertad sencilla.
Viajar así es eso.
No acumular cosas.
Sino momentos.
Olores.
Texturas.
Y dejar que un trocito de naturaleza nos acompañe hasta el siguiente destino


 

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