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21 de Marzo, Día Mundial de la Poesía

“Caminante, son tus huellas el camino, y nada más; caminante, no hay camino, se hace camino al andar.” — Antonio Machado Hoy, en el Día Mundial de la Poesía, no puedo evitar pensar que viajar en furgo tiene algo de poesía. Porque la poesía, como el camino, tampoco se explica del todo. Se siente. La poesía no necesita grandes palabras. Necesita verdad. Y quizá por eso sigue siendo importante. Porque en un mundo que corre, que consume rápido y olvida aún más rápido, la poesía nos obliga a parar. A mirar. A sentir. A recordar. Viajar así —sin rumbo fijo, sin más objetivo que el propio camino— es también una forma de escribir. No con tinta, sino con experiencias. No en papel, sino en la memoria. Cada curva es un verso. Cada parada, una estrofa. Cada lugar, una palabra que se queda. Y aunque hoy la información esté al alcance de todos, aunque todo parezca ya contado, la poesía sigue teniendo un lugar que nadie puede ocupar. Porque nadie siente igual. Porque nadie mira igual. Porque nadie es...

Lanuza, el pueblo que volvió del agua



Hay lugares bonitos.
Y luego están los lugares que tienen una historia que late bajo las piedras.

Lanuza parece hoy un pequeño pueblo de montaña perfecto, reflejándose tranquilo en el Embalse de Lanuza, rodeado de cumbres del Valle de Tena, casas de piedra, tejados de pizarra..

Pero lo que mucha gente no sabe es que Lanuza desapareció durante décadas.

En los años 70, cuando se construyó el embalse, el pueblo fue desalojado y quedó abandonado. Las casas se vaciaron, las calles quedaron en silencio y poco a poco el lugar empezó a deteriorarse. Durante años fue casi un pueblo fantasma.

Y entonces ocurrió algo poco común:
sus antiguos vecinos decidieron volver.

A partir de los años 90 comenzaron a reconstruir el pueblo piedra a piedra, con paciencia y cariño, recuperando casas, calles y memoria. Lanuza no es solo bonito: es un pueblo rescatado por la gente que se negó a olvidarlo.

Quizá por eso, cuando lo miras desde el otro lado del embalse, sientes que no es solo un paisaje.
Es resistencia.
Es memoria.
Es regreso.

Y nosotros llegamos sin prisa, como casi siempre. De repente, apareció ante nosotros el pueblo al otro lado del agua. Las casas parecían colocadas con cuidado sobre la ladera, como si alguien hubiera decidido que aquel lugar debía seguir existiendo.

Paramos.

Apagamos el motor.
Y durante unos segundos nos quedamos en silencio, pensando en todas las personas que tuvieron que marcharse de allí y en el día en que alguien decidió que aquel lugar merecía volver a vivir.

Quizá por eso Lanuza se siente distinto.

Cuando volvimos a la furgo ya empezaba a caer la tarde sobre el valle. El agua se volvió más oscura y las luces de algunas casas comenzaron a encenderse.

Arrancamos despacio.

Y mientras la carretera nos alejaba del pueblo, pensé que algunos lugares no se visitan.

Algunos lugares te cuentan su historia.

Y nosotros tuvimos la suerte de escucharla.



 

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